miércoles, 19 de julio de 2023

NO ME DIGAN QUÉ DEBO PENSAR, COMER, BEBER O VESTIR. NO ME TRATEN COMO A UN IDIOTA.

 



Artículo en la edición impresa del Diario Jaén
"La Semana", domingo 16 de julio 2023


La filosofía de la sociedad progresista, nos está llevando al exterminio de todo lo considerado humano y natural. 

El progresismo, su misma palabra encierra el concepto, no es proteccionista, sino destructor. La erradicación del analfabetismo, sin duda algo buenísimo, tiene su contrapartida: la desaparición de la abundante y rica cultura rural de transmisión oral, acumulada durante siglos, y la demonización de ciertas costumbres, como la recolección y consumo de plantas y frutos silvestres: cerraja, hinojo, majuelo, bayas de enebro, cardillos, malva, collejas, diente de león, bellotas, ortigas…  Las nuevas generaciones, para las que la ciudad y sus urbanitas son el progreso, arrastran una enorme incultura. Para ellos, todo es mercadeable. La presencia de estos vegetales en la dieta urbana es testimonial o nula, adquiriendo algunos de ellos en los herbolarios. 


 

El mundo rural “viejo” era reacio al uso del dinero como medio de pago. El comercio se basaba en el trueque. El efectivo quedaba para muy escasas ocasiones, sobre todo para pago al estado e instituciones: contribución, bancos… El hacinamiento de las gentes en gigantescas ciudades de pisos-jaula, verdaderas “granjas humanas”, llevó a que perdieran sus costumbres y conocimientos rurales y que su sustento dependiera de una “alimentación de pesebre” sustentada por una agricultura y ganadería intensiva muy alejada de la naturaleza y pagada con moneda, que nos condujo a la sociedad del despilfarro y la basura. Un tercio de los alimentos destinados al consumo humano en el mundo terminan en los vertederos. Una sociedad insaciable, que hace inviable el sostenimiento del planeta. En el mundo rural de antaño se consumía solo lo necesario: “el que come y deja, dos veces pone la mesa”. Los nacidos en los años 60 y anteriores recodarán que cuando el pan caía al suelo lo recogíamos, le dábamos un beso y se comía o se utilizaba para los animales, pero jamás iba a la basura. Esto era un signo que expresaba el respeto que teníamos a lo que la naturaleza nos proporcionaba. Para mantener la voracidad urbanita hay que esquilmar los campos: desertificación, extinción de animales y plantas, envenenamiento de aguas, tierras y alimentos… Los “venenos”: pesticidas, herbicidas, metales pesados, microplásticos… los encontramos en cualquier producto. 


 

Somos esclavos del derroche. Trabajar jornadas interminables para obtener bienes innecesarios. Unos pocos “avispados” se enriquecen “creando necesidades”, inexistentes, para lo cual enarbolan diversas banderas: sostenibilidad, ecologismo, maltrato animal… todo valiéndose de medios de comunicación comprados y de la ignorancia de una sociedad que se considera bien informada. Pasito a pasito nos van esclavizando y controlando. Un zancada muy importante en la pérdida de independencia fue cuando nos obligaron a pasar del trueque al dinero, a esta le siguió la compra a crédito, las tarjetas, la obligación de utilizar estas en muchos establecimientos, no poder pagar en efectivo a partir de ciertas cantidades… vueltas y vueltas que nos van asfixiando, minando nuestra libertad, a la vez que tratan de educarnos bajo una premisa: “lo natural es primitivo y salvaje”, mientras que la vida artificial que nos proponen es la panacea; solucionará los problemas del mundo. Falsos profetas.

A finales del mes de junio pasado se publicaba a bombo y platillo: “la Carne de pollo creada en laboratorio a partir de células de este animal, se puede vender legalmente en Estados Unidos”. “En tierras vascas, se está construyendo la mayor planta de carne de laboratorio del mundo”. 

¿Cómo consiguen la carne cultivada? 

En tanques de acero introducen células extraídas de animales vivos y nutrientes, es decir los componentes que harán que las células se alimenten y multipliquen, después le añaden saborizantes, vitaminas… Al final del proceso se obtienen gigantescos bloques de células, que se fraccionan dándoles aspecto de filetes o se destinan a la fabricación de salchichas y otros productos.

 Lo gracioso es cómo nos venden esta carne artificial: es sostenible, elimina el sufrimiento animal, suprime el impacto ambiental del pastoreo y el estiércol, disminuyen los gases de efecto invernadero… Está claro que hablan para una población inculta. La persona un poco preparada sabe que esto es mentira. Detrás de esta parafernalia se ocultan empresas que van a ganar un elevado número de millones, con los que regarán a todos aquellos que les ayuden en sus objetivos. Para cultivar carne se requiere: mucha energía, animales vivos para extraer las células, maquinaria, agua... y se producen residuos. 

A este mercadeo le veo muchas lagunas, que resumo en algunas preguntas: ¿Existe la posibilidad de que se introduzcan en los tanques células no deseadas (cancerígenas)? ¿Se desarrollarán, en estos cultivos, nuevos patógenos que afecten al hombre? ¿Qué riesgo supone una alimentación basada en patentes para un país? Dicen que el mundo vive una emergencia climática, y culpan en gran medida al ganado. La ganadería extensiva bien realizada no contamina, todo lo contrario es beneficioso para el planeta. Comer carne, de estos ganados, es ecológico. El abandono de la ganadería supone perder siglos de conocimientos, biodiversidad… y que la soberanía alimentaria quede en manos de unas pocas patentes. 

Son muchas las compañías que se han lanzado a conseguir una parte del pastel e investigan en el cultivo de pescados, mariscos y otras carnes: cerdo, cordero, ternera… Confían en que los consumidores asuman que estos productos frenan el cambio climático. No buscan la verdad; tratan de encontrar algo que justifique su falsa verdad. Dirigen nuestro pensamiento hacia donde les interesa. Tomemos como ejemplo el cambio climático: ¿han escuchado alguna campaña en contra del despilfarro vacacional o en contra de los espectáculos deportivos, modas…? Seguimos anclados en la época del Imperio Romano: pan y circo. Algunos datos: en España, las vacaciones de verano suponen unos 92 millones de desplazamientos por carretera; las de Semana Santa unos 10 millones. A todo esto, súmenle aviones, cruceros… más mantener toda esta infraestructura. El deporte produce un gran impacto ambiental; reflexionen y hagan las cuentas anteriores. Pero todos los grupos de poder permanecen callados; hay mucho dinero en juego. De los beneficios ambientales de la ganadería extensiva (siempre me refiero a esta clase de explotaciones) es mucho lo escrito y demostrado; de lo anterior no hay nada. No me digan qué debo pensar, comer, beber o vestir. No me traten como a un idiota. 

Autor: Antonio Rodríguez Rodríguez / veterinario / ganadero / pastor

Blog: https://vidapastoril.blogspot.com/ 

email: rodriguez0039@hotmail.com